viernes, 9 de mayo de 2014

Noche

Qué lindo es poder dormir muchas horas, piensa. Pero apenas la cabeza roza la amohada, su cuerpo acostumbrado a dormir de a ratos enciende el interruptor y sabe que va a estar toda la noche dando vueltas en esos dos cuartos oscuros, el de adentro y el de afuera de su cabeza.
 Uno si cierra los ojos y se obliga a quedarse tapado y en la cama, y piensa en eso, se olvida, piensa en otra cosa, se olvida, se angustia de nuevo, se olvida. Otro si los abre, va a la cocina, vuelve, va a la cocina, vuelve, va a la cocina, vuelve. Sabe de memoria ese ritual. Al día siguiente el cuerpo es un poquito más pesado pero siempre es lo mismo. La noche es fría, el día es un rayito de luz cálida pegando en la pava, un poquito de calor, y a la noche se enfría otra vez.
 Hasta que un día él, ella, unos anteojos de intelectual, una mano abierta, un espíritu, un fantasma, lo despabilen y lo saquen a pasear un rato, y las noches sean caminar sin cuerpo por la ciudad poblada de luces y despoblada de ojos. Le gusta llamarla "la chica del rayo", porque así era la primera. El aire frío se va a hacer más respirable que el de las tardes amarillas y el brillo de la noche más cómodo que el del sol.
Va a alivianarse un rato en ese recreo y va a pensar que sabe lo que es sino estar contento, estar tranquilo. Hasta que encuentre que su cuerpo siempre es más pesado que el otro y de nuevo ese alma se pierda. Y apoye la cabeza despierta en la almohada otra vez. 
Y ella, la chica del rayo, va a estar una vez más mirándolo por la ventana, pensando otro disfraz y una estrategia nueva para convencerlo de salir de la cama y ver la noche, que no es tan mala.

Tamara


No hay comentarios:

Publicar un comentario