jueves, 19 de junio de 2014

La vecindad de los corazones rotos

A Ofelia se le ocurrió dar una vuelta por el barrio. Hacía un frío de ese que penetra los huesos y convierte todas las caras en limones estrujados.  Dando la vuelta manzana se topó con una  vieja pocilga. Parecía un geriátrico pero estaba habitado por gente joven, algunos muy bellos, otros vestidos con trajes, otros con mucha onda. Había profesionales, chicos, adolescentes con aroma a apuntes e irresponsabilidad, skaters, gente grande. Todos estaban reunidos por una razón. En ese lugar habían entrado para reposar, porque su corazón se había roto.
“Vecindad de los corazones rotos". Se vislumbraba en un cartelito en la puerta. Y Ofelia que siempre había tenido pasta de periodista, entró, como quien no quiere la cosa pero acompañada de una gran curiosidad,  a ver que pasaba en el lugar. Demás está decir que el hecho de que no se cobrara entrada para los invitados la animó grandemente.
Se encontró allí  con Jorge, uno de los más  antiguos residentes de la vecindad, quien le abrió la puerta, le mostró las habitaciones y le dijo:
-¿Sabes que ruido tiene un corazón roto? Ofelia se quedó perpleja.
-Se parece a esos vagones de subte cuando van  muy rápido y parecen chocar. O esas tizas que marcando el pizarrón nos hacen rechinar los dientes.
Ofelia sonrió algo nerviosa y le preguntó a Jorge que pasaba en el mundo de cada uno, mientras reposaban en el lugar, si acaso pedían una licencia o simplemente renunciaban a sus trabajos o alegaban demencia.
- Bueno mientras estamos acá, nuestras cosas las hace el autómata de la desilusión. Explicó Jorge a Ofelia.
Una personita cabizbaja y ojerosa, casi igual a nosotros,  que se toma la responsabilidad de continuar nuestras tareas, mientras desearíamos poder pasar la hoja más rápido o irnos a asolearnos a Hawai y olvidarnos los motivos que nos llevaron a vivir esta soledad. En general los parientes y amigos confunden al autómata desilusionado con nosotros y conviven con ellos hasta que volvemos a tomar las riendas de nuestras vidas.
Porque  sabes Ofelia, uno puede cambiar de remera, de amigos, los lugares que frecuenta. Pero no puede cambiar de corazón.
-¿Sabes a que sabe un corazón roto?, continúo Jorge hablándole a Ofelia que ya sentía como su corazón también comenzaba a estrujarse y sabía que pronto tendría que irse, o los recuerdos de su propio paso por la situación la dejarían en la vecindad para siempre.
-A esas sopas knorr dietéticas, artificiales que nos dejan sabor amargo, que simplemente no nos llenan.
-¿Y escuchan música? , preguntó tímida Ofelia.
-Ninguna. Porque toda melodía trae recuerdos, entonces las prohíben.  Dejan que el ruido de las estufas, los trenes y las bocinas alumbren las almas apesumbradas rogando porque despierten de su letargo, porque entiendan, que cruzando la calle todo seguirá igual, menos su corazón, que ahora despedazado se queja y aparece como marca habitual, tiñendo el rostro de tristeza y desengaño.
- ¿Y los visitan sus amigos y familiares acá?
No, a este lugar solo tiene acceso algunas personas. Acá en general nos visitan solo los recuerdos.
-¿Y cuánto tiempo tarda en dejar la vecindad los corazones rotos?
Jorge levanto las cejas y movió su sonrisa hacia el costado.
- A algunos nos lleva toda la vida, sentenció. Otros salen rápido pero con una marca.
-¿Los tatúan en la vecindad? dijo Ofelia extrañada.
- No, nada de eso, la marca se lleva adentro, y es un signo de distinción para cualquier que haya pasado por esta casa, que aunque no creas,  está más frecuentada de lo que pensas.
Jorge le dio a Ofelia una tarjeta de descuento con visitas por día,  por si alguna vez su corazón se rompía tanto como para tener que vivir su vida allí dentro mientras el autómata tomaba las riendas de sus actividades.
- Nunca te pierdas, le dijo Jorge. Se saludaron.  A Jorge le costaba todavía mucho sonreír pero lo hizo.
Ofelia decidió volver a casa, no sin antes prenderse un cigarrillo. Y entonces, recordó. Su estancia en la vecindad, la preocupación de sus padres por su llanto, haber coincidido allí hace tiempo con Jorge, Matías y los demás, sus pocas ganas de seguir.
 Tomo la tarjetita y la rompió.

Hay lugares a los que uno no desearía volver jamás.


                                                                                                                                                                                                               Sofía.

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