lunes, 24 de marzo de 2014

Cíclope

Sonrió algo incómoda. Por supuesto que se sentiría así, si como por mandato de un tirano la habían obligado a zambullirse en esa guerra de ciclones que giraban desconcertados como satélites amparados por pestañas de glasé. Sus ojos avellana me recordaron a algunos otros ojos desnudos y transparentes; a alguna otra mujer, eclipsada y melancólica. Esos ojos eran otros, y yo no era más que un solo ojo perverso y vigilante; no era otra cosa que un Cíclope embistiendo la Gran Muralla, debilitando de a poco la barrera de avellanas que me separaba de aquél Imperio palpitante en su corazón. A medida que las puertas caían anunciando mi victoria, la luz colonizadora me cegaba para siempre.
Y en un microsegundo, las cuerdas flojas de mi destino me ahuyentaron de ahí. No pude evitar pestañear. Perdí el juego, y la perdí.


Alejandra M. Zani

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