jueves, 16 de octubre de 2014

Primera cena

Aurelia se sentó a cenar con uno de los espíritus que viven en su mansión. No les tiene miedo, los conoce desde que era joven. Preparó la mesa, la vistió con un mantel de encaje blanco y puso en el centro un copón con jazmines. Sirvió dos copas de vino, a sus espíritus les gusta beber, y puso dos platos y juegos de cubiertos, pero sólo el suyo llenó con comida, los espíritus no comen.
Conversaron de lo lindos que se estaban poniendo los rosales en el jardín; de que Julieta, la única sobrina que a veces los visitaba, no había vuelto más desde aquella vez que se asustó de la presencia de los espectros en la habitación; y de almas en pena que apagan los faroles de las calles en verano.
Cuando se terminó el vino, Aurelia se despidió del espíritu y le prometió preparar otra cena dentro de poco. Pero en vez de desvanecerse o filtrarse por una rendija entre las maderas del suelo, como solía hacer, el espectro se quedó mirandola a los ojos. Y le brillaban. No tenían la transparencia indiferente de otras visitas, sino una nueva materialidad.
— Ay, no vas a decirme que después de tanto tiempo, te estás volviendo real.
— Real ya soy, Aurelia. Lo que no estoy es vivo. — Le respondió el espectro, y para su sorpresa le rozó el brazo con el dorso de los dedos, y ella lo pudo sentir. 
— ¿En qué te estás convirtiendo? ¿Qué es lo que te está pasando? 
— A mi nada, Aurelia.... Julieta no dejó de venir porque la hayamos asustado. 

Si Julieta había dejado de ir, era porque no quedaba en esa casa nadie vivo para visitar. 

Tamara

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