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sábado, 23 de agosto de 2014

Noche de Sábado

Tomo su cámara y se peinó, como a ella le gustaba. Hoy iba a encontrársela en el bar, pero fingiría desprevenido que todo había sido un accidente.
-          Hola ¿cómo estás? Le diría con una tímida e improvisada sonrisa.
Ella le sonreiría y todo volvería a comenzar. Lo vería altivo, trabajando de lo que siempre quiso, fornido, bien vestido, roseado con su mejor perfume.
Los ojos de ella volverían a mostrar el brillo, ausente por tantos meses y no podrían dejar de mirarse mientras la banda tocaba esos acordes de divididos que tanto le recordaban el primer amor.
Pero no. Ella no estaría. Porque sabía, que no hay nada peor que la nostalgia de lo que queda. Que la ceniza arrojada a un vacío que ya no existe. El  amor que se consume se vá. Regresa al río de los amores perdidos y allí se queda. La brisa mueve la marea y nuevos amores se agitan trémulos. Porque el destino así lo quiere. Porque los desencuentros son parte del juego. Porque no hay peor decisión que volver al paraje donde hace tiempo hemos sido felices.
Porque la vida fluye, siempre hacia adelante. Inclusive contra la marea y no seguir, no tomar ese fatal impulso de girar, puede costarnos la vida, o algo más preciado que la vida…el tiempo.

Ahora ella está en Subte, y él tomas fotos con la cara pálida, sangrando por dentro por la injusticia del no encuentro. Por esta anécdota fatal que hace brotar todo su cuerpo. Por no verla, por saberla más lejos que nunca, por imaginársela bailando lentamente, un tema de los Beatles en aquel viejo bar. Solo, se pide un trago y otro y otro y pronto encuentra unos ojos que brillan y cuyos rasgos le recuerdan a ella. Que está en el subte, escuchando la misma melodía pero a un abismo de allí. En la tierra del ser. Donde lo único que pasa, es lo que siempre debió haber sido.

                                                                                                                                                                                                       Sofía.

martes, 10 de junio de 2014

Recuerdo

Que imposible alejarse del recuerdo. Es como negar la existencia propia. Como si un naufragante jamás afrontara las olas con profundidad, queriendo escapar al momento sublime de estar dentro de ellas, capturando en un instante sumamente fotográfico aquel momento, que no es propiamente momento hasta que el fiel recuerdo lo trae a flote volviéndolo atesorable.
El recuerdo, sus indefectibles sombras, poseen su espectral oscuridad por el mismo hecho que hace que frecuentemente el mismo aparezca de noche. Se camufla siempre en el sin sentido de la tiniebla invadiendo el espacio. Se proclama como un todo perverso, que en pocos instantes y a base de olores, imágenes y sonidos vividos como sumamente reales arrasa con nuestro presente.

Porque el recuerdo siempre es ayer, nunca es hoy, ni mañana. Porque el recuerdo no siempre es grato, más siempre es cruel, impalpable, etéreo, pero increíblemente penetrante, como la noche sin luna. Como el presente azaroso, como el insomnio que el mismo recuerdo provoca; que toca y palpa la carne y el espíritu y que le roba sutilmente a los minutos presentes su mecanizada existencia. Aquel recuerdo que siempre nos recuerda, valga la redundancia, aquello en lo que jamás queremos volver a convertirnos.

                                                                                                  Sofía.

domingo, 11 de mayo de 2014

Insomne.

Me preguntó que diría la heladera si pudiera hablar.
- Boludo deja de mirar son las tres de la mañana. 
Mira absorto. Está en calzones.
 Abre la puerta una y otra vez sin remedio, como buscando una respuesta.  
                                                                              

                                                                                                  Sofía .                   

viernes, 9 de mayo de 2014

Noche

Qué lindo es poder dormir muchas horas, piensa. Pero apenas la cabeza roza la amohada, su cuerpo acostumbrado a dormir de a ratos enciende el interruptor y sabe que va a estar toda la noche dando vueltas en esos dos cuartos oscuros, el de adentro y el de afuera de su cabeza.
 Uno si cierra los ojos y se obliga a quedarse tapado y en la cama, y piensa en eso, se olvida, piensa en otra cosa, se olvida, se angustia de nuevo, se olvida. Otro si los abre, va a la cocina, vuelve, va a la cocina, vuelve, va a la cocina, vuelve. Sabe de memoria ese ritual. Al día siguiente el cuerpo es un poquito más pesado pero siempre es lo mismo. La noche es fría, el día es un rayito de luz cálida pegando en la pava, un poquito de calor, y a la noche se enfría otra vez.
 Hasta que un día él, ella, unos anteojos de intelectual, una mano abierta, un espíritu, un fantasma, lo despabilen y lo saquen a pasear un rato, y las noches sean caminar sin cuerpo por la ciudad poblada de luces y despoblada de ojos. Le gusta llamarla "la chica del rayo", porque así era la primera. El aire frío se va a hacer más respirable que el de las tardes amarillas y el brillo de la noche más cómodo que el del sol.
Va a alivianarse un rato en ese recreo y va a pensar que sabe lo que es sino estar contento, estar tranquilo. Hasta que encuentre que su cuerpo siempre es más pesado que el otro y de nuevo ese alma se pierda. Y apoye la cabeza despierta en la almohada otra vez. 
Y ella, la chica del rayo, va a estar una vez más mirándolo por la ventana, pensando otro disfraz y una estrategia nueva para convencerlo de salir de la cama y ver la noche, que no es tan mala.

Tamara