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jueves, 11 de septiembre de 2014

La huida

Puedo dejarte libre ahora. Pero como olvidaré el llenarte, el  inflamarte de todas mis constelaciones. Soñarte despierta entre mis manos. Atarte, despacio, someterte, creer que eras mío para siempre. Recuerdo también la primera vez que te vi, lo recuerdo justo ahora que será la última. Teniéndote entre mis manos te adoraba, pero decidí dejar que seas libre en al aura exterior de los cosmos. Y ese día, cerca de la plaza, a la hora de tomar el té Laura soltó una lágrima y un hermoso globo celeste se alzó en el cielo camuflándose entre las nubes.

                                                                                                                                                                                                                                           Sofía.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Carmen

Carmen limpia pisos, encera las escaleras y lava también la vajilla que es tan vieja y esta tan gastada como ella. Carmen tuvo sueños, pero después tuvo hijos y los años se le pasaron limpiando los vidrios de las casas grandes de otros. Cada vez que baldea lava sus heridas, se cuecen en ella como los huevos fritos que prepara la derrota y la impotencia. Cuando trabaja en el bar le gusta jugar a plantear discordia entre las empleadas jóvenes, las acusa de no hacer bien la limpieza, detesta esos veinte años que las separan y las vigila, de reojo, esperando encontrar un error en sus tareas. Carmen fue modelo, cuando era joven, aún todavía cuando suelta una de sus pocas sonrisas su rostro se ilumina y alcanzo a ver su belleza. Imagino su dulce voz ahora resquebrajada por el cigarrillo. Esos ojos arrugados tan pasados por lágrimas eran como un valle de verde e inagotables sensaciones placenteras. De hechizos para los hombres que la veían pasar. Conserva aun su cabellera colorada, y debajo de su atiendo austero y sus rollos de más, se percibe todavía, cierta gracia al andar. Carmen esta agotada, o dice estarlo para salir antes de trabajar, sabe que a su edad, quejarse es una de las pocas cosas que le quedan y es de esas actividades en las que no suele escatimar. Carmen amenaza a su jefe con renuncias, y trata de molestarlo inventando historias de los demás, exhalando pesimismo porque con los años aprendió a condimentar sus días con mentiras para poder vivir sus propias novelas de la tarde. De cuidados de ancianos, de bondis repletos y ningún asiento vació, de poca solidaridad , de hijos que se pierden por las calles, de maridos que se enferman, mientras ella enjuaga las copas de la alta sociedad.

Sofía

miércoles, 16 de julio de 2014

La hora mágica

Era la llamada hora mágica en toda la intrépida ciudad de buenos aires. A veces ella se preguntaba donde había adquirido frases tan vulgares y hechas como “hora mágica” probablemente se lo había dicho alguna vez su madre que lo había leído en algún libro espiritual. Lo cierto es que la “hora mágica” era una posición especial del cielo cuando el sol caía iluminando con los últimos rayos los bordes de los rascacielos y edificios. Los tacheros clamaban” esta cayendo la tarde”. Las madres volvían con los chicos del colegió y se decían “hay que apurarnos que cae el sol” esta frase era todavía más apocalíptica. Lo cierto es que en muchas tradiciones las siete de la tarde representaba una hora mágica de transición entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, hora de rituales donde las brujas se preparaban para la reunión. (Si yo también me imagino un montón de señoras narigonas y con sombrero y alguna que otra verruga poniéndose maquillaje y rubor en las mejillas).
Las siete de la tarde era, una hora taciturna, también plagada de melancolía. El sol se hundía mostrando las miserias de la noche. Los buenos corrían a esconderse y las inmediaciones de congreso comenzaban a llenarse de algunos parias temidos por señoras conchetas que solo buscan, como todos nosotros, un mango salvador. Los locales iban cerrando sus puertas,  los trajes corrían por avenida florida y miles de empresarios volvían a sus casas en autos. Las colas de los colectivos se atestaban de gente, los cuerpos se empujaban y en el subte algunos cuerpos quedaban pegados tristemente contra el vidrio en pos de volver a casa en ese último viaje.

Pensando que les deparará el mañana, cuando alineen sus relojes que sonaran en exactamente doce horas y los devolverán a un mundo de presiones, zambullidas en papeles y horarios escuetosy la poca magia que tiene este mundo quedará perdida entre la luz artificial de los techos y el gris envolvedor de las oficinas.
               
                                                                                                                                                                                                                   Sofía

jueves, 3 de julio de 2014

Ella y yo.

Crecimos juntas. O nos destruimos paulatinamente juntas. Cuando yo era pequeña ella era inmensa,  divina, atemorizante. Con los años me fue enamorando, hipnotizando. Casualmente siempre lo que al principio nos causaba desagrado y temor e inclusive repugnancia, termina agradándonos. Es el acostumbramiento de tenerla siempre conmigo. Al principio era monstruosa y rebelde y luego la fui domando, o ella fue domándome. Hemos reído y llorado juntas. Y sufrimos miles de noches. Cantamos miles de amaneceres, los esperamos expectantes. Hemos chorreado humo y violencia. Jamás clemencia. Nos hemos ensuciado. Nos lavaron. Construimos y borramos. Y luego sobre nuestros propios cimientos, volvimos a reconstruir. Siempre algo más nuevo. Más alto. Más supremo. Con más sentido. Lo bueno de esta caótica ciudad es que no se si ella me pertenece, o yo le pertenezco. Si una duda me acontece desde mis adentros descajetandome el mundo,  obnubilándome el camino siempre puedo ver esa nube esplendorosa posarse sobre mis ojos, como si la reina madre ciudad la hubiese invitado a mi melodrama  .Nunca vamos a destiempo, si llueve en mi alma, lloverá sobre esos techos llenos de cables, rasgados de humedad. Luego tendré mucha bronca, por no entender mi tristeza, mi depresión. Y gritare y me estancaré, y destruiré todo a mi paso y un rayo por supuesto caerá divinizado al unísono. Cuando debo despertarme para volver a mis responsabilidades, se cuelan desde el balcón, rayos de luz incandescentes que me invitan a vivirlos. Inclusive pude ver nevar mi ciudad. Fue el día más triste de toda mi vida. Ella lo sabía. La ciudad siempre sabe. Y vertió copos de nieve que me hicieron escapar a la fantasía. Logre así transportarme de paisaje sin salir de mi barrio. La ciudad tiene su lado oscuro, como también lo tiene nuestra mente. Tiene barrios para pasearse decente, tranquilo, con ese fervor que caracteriza al porteño, ese anhelo de querer mostrarse. Como también posee barrios donde esconder los vicios más varios, los placeres más oscuros y banales del ser humano. La ciudad lo poseía todo, para el que deseara frecuentarla.  Todo... menos paz. Y entonces, como no pensar que esta ciudad es simplemente el mejor reflejo, de mi misma.
                                                                                                   Sofía.

martes, 10 de junio de 2014

Puertas

La primera en cerrarse ese día fue la puerta de la habitación, con un portazo de Clara que lo despertó pero no le llamó la atención. Pero enseguida el ataque de las puertas se volvió más violento. 
La de la alacena se cerró con un ruido que casi lo deja sordo y casi le aplasta un dedo. La del departamento decidió trabarse y no abrir desde adentro, y él no encontraba la llave. Cuando logró salir tuvo una tregua, pero cuando se iba del trabajo las puertas del ascensor se trabaron y le jugaron una mala pasada que lo tuvo media hora encerrado esperando el rescate del encargado.
 Parecía un simple mal día hasta que, después de quedarse atrapado en las puertas del tren, notó que en las 4 cuadras que caminó hasta su casa no vio ninguna puerta abrirse, pero sí 32 cerrarse; 20 de casas, 11 de autos y la puerta de una iglesia. Las contó porque a esa hora ya tenía la sensación de que el mundo tenía algo para decirle.
La puerta de su departamento no abría con su llave, y cuando buscó su teléfono para avisarle a Clara que no podía entrar y vio las 16 llamadas perdidas entendió que era otra la puerta que ese día iba a cerrarse para siempre. 
Golpeó esa puerta de una casa que ya no era suya y pidió por favor. Clara salió y habló sin rodeos.
—Te dije que era la última oportunidad que te daba. — le dijo en tono de despedida, y él se fue callado y sin protestar. Porque supo que había estado distrayéndose en alacenas que se cerraban y otros detalles sin importancia, no ese día sino muchos otros, mientras Clara le iba cerrando, de a poco, su corazón y su vida.
No trató de abrir esa puerta porque si algo le había dado vueltas en la cabeza todo ese día, viendo puertas cerrarse, era que en ninguna había vuelta atrás. 
Caminó desabrigado abajo de una llovizna que recorría muchas calles, pensando si en algún momento iría a encontrarse de nuevo, por lo menos, con una puerta entreabierta.


Tamara

domingo, 18 de mayo de 2014

Ruido blanco

En una ciudad de Colorado, un edificio que no requiere aires acondicionados ni calefacción tradicionales tiene parlantes que generan artificialmente el ruido blanco que estos artefactos harían. "Los empleados necesitan más que silencio para lograr concentrarse", dice un articulo sobre el lugar.Algo más que silencio. La ciudad se metió hasta el fondo de los laberintos de sus cerebros, con su tragedia y su ajetreo.
 En un subsuelo amarillento iluminado de bombitas alimentadas por energía solar, un empleado de marketing relata las bondades del edificio ecológico más moderno y grande del país quizás del mundo. "Los empleados necesitan algo más que silencio", escribe. Escucha el falso susurro de los aires acondicionados que no existen pero suenan, fantasmas de las ciudades asfixiantes que están también en las afueras, en los campos y en nuestras cabezas. Se imagina dulcemente el ruido sordo e irrefutable de una explosión, un derrumbe, una falla en el sistema eléctrico, una bomba, un meteorito. PUM y se acaba todo esto. 

Tamara

domingo, 11 de mayo de 2014

Insomne.

Me preguntó que diría la heladera si pudiera hablar.
- Boludo deja de mirar son las tres de la mañana. 
Mira absorto. Está en calzones.
 Abre la puerta una y otra vez sin remedio, como buscando una respuesta.  
                                                                              

                                                                                                  Sofía .                   

viernes, 9 de mayo de 2014

Noche

Qué lindo es poder dormir muchas horas, piensa. Pero apenas la cabeza roza la amohada, su cuerpo acostumbrado a dormir de a ratos enciende el interruptor y sabe que va a estar toda la noche dando vueltas en esos dos cuartos oscuros, el de adentro y el de afuera de su cabeza.
 Uno si cierra los ojos y se obliga a quedarse tapado y en la cama, y piensa en eso, se olvida, piensa en otra cosa, se olvida, se angustia de nuevo, se olvida. Otro si los abre, va a la cocina, vuelve, va a la cocina, vuelve, va a la cocina, vuelve. Sabe de memoria ese ritual. Al día siguiente el cuerpo es un poquito más pesado pero siempre es lo mismo. La noche es fría, el día es un rayito de luz cálida pegando en la pava, un poquito de calor, y a la noche se enfría otra vez.
 Hasta que un día él, ella, unos anteojos de intelectual, una mano abierta, un espíritu, un fantasma, lo despabilen y lo saquen a pasear un rato, y las noches sean caminar sin cuerpo por la ciudad poblada de luces y despoblada de ojos. Le gusta llamarla "la chica del rayo", porque así era la primera. El aire frío se va a hacer más respirable que el de las tardes amarillas y el brillo de la noche más cómodo que el del sol.
Va a alivianarse un rato en ese recreo y va a pensar que sabe lo que es sino estar contento, estar tranquilo. Hasta que encuentre que su cuerpo siempre es más pesado que el otro y de nuevo ese alma se pierda. Y apoye la cabeza despierta en la almohada otra vez. 
Y ella, la chica del rayo, va a estar una vez más mirándolo por la ventana, pensando otro disfraz y una estrategia nueva para convencerlo de salir de la cama y ver la noche, que no es tan mala.

Tamara