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domingo, 14 de septiembre de 2014

Anacrónica

Diciembre de 1998: en una casa de patio grande, una nena lee la última página de tres libros distintos, a ver cuál vale la pena leer desde el principio. La madre la reta: "¡así te perdés la sorpresa!"
Marzo de 2018: en un balcón de departamento, una mujer se imagina el final de tres romances distintos, a ver cuál vale la pena vivir. Su hermana la reta: "¡Te vas a volver loca!"
Diciembre de 2048: en un patiecito, una abuela le cuenta a una nena una historia. Empieza por el final. Nunca la entretuvo la vida en orden cronológico. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

Nos vibran los pies

Me gusta hablar con Amalia porque desprecia mis preocupaciones con un tonito que las vuelve cómicas. Su mano arrugada me acercó una criollita con mermelada. "Y eso que vos naciste cuando todavía no había celulares", me dijo. Y me contó una historia. 
Se trataba del romance de dos que se encontraban en plazas porque vivían lejos. Tenían que mandar a alguien que fuera caminando a avisarles dónde se iban a encontrar la semana siguiente. Le dije que me encantaban las historias de antes. —Ahora no hay nada para contar, no le voy a contar a un nieto la historia de una vez que no me contestaron un whatsapp...— 
Me respondió que acababa de decir una tontería, y tuve que estar de acuerdo. 
Pero todavía más tonto era el problema con el que había arrancado la conversación. "Creo que me estoy volviendo loca, porque me imagino que el celular vibró, y no vibró nada". 
—Pero chiquita, se te habrá movido en el bolsillo. 
—No, a veces pasa cuando lo tengo en la mesa. Lo siento cada tanto. 
—¿Será que justo estaba pasando el tren?
—No. Es más fuerte. Me vibran hasta los pies, — le dije, y se rió de mí. 
—En mi época, lo único que te vibraba hasta los pies era el corazón.— Me contestó, y miró por encima de mi hombro, como mirando a aquel tiempo en que para encontrarse confiaban en los árboles. Que no vibraban. Que no mentían. 

Tamara

sábado, 16 de agosto de 2014

Stella

El teléfono desconectado hacía un ruido insoportable. Las fotos amarillas ahora teñidas de las lágrimas de Stella daban noción de su melancolía. Con la espalda curvada  y el pelo enmarañado Stella sostenía la mirada lejana y muerta en esas fotos hasta que decidió colgar el teléfono que detuvo su ruido solo unos segundos. Al unísono Stella atendió una llamada. Su rostro dibujo una rápida sonrisa. Corrió al placard y se calzó el smoking de su ex marido y la corbata de su abuelo mientras buscaba en la biblioteca el libro “como adiestrar a su mono en diez días “mientras jugaba , riendo perversamente, con un látigo imaginario.

                                                                                                     Sofia