Teníamos un juego con Guatepeor, nos contagiábamos bostezos por telepatía. Puedo jugar ese juego con vos. Ya te estoy contagiando.
A veces funciona muy rápido. Quizás ya bostezaste. Quizás todavía no. Pero vas a bostezar de un momento a otro.
Yo bostezo mientras te lo cuento. Es divertido, porque te contagio un bostezo que otra persona me contagió antes. Ahora tenés su bostezo, y ni siquiera la conocés. Tu bostezo no viene de tu cuerpo, viene del mío y a su vez del suyo. Eso pasa con muchas otras cosas. Aunque no solemos prestarle tanta atención.
Tu cansancio y el mío son el mismo, todo esto es un solo bostezo compartido. Quizás esta historia te hace doler la cabeza. Cuando bostezo mucho, siento que me duele la cabeza. Aunque en realidad me parece que es al revés.
¿Todavía no bostezaste? Si decís que no, no te creo. "Bostezo" es el lenguaje más performativo. Eso significa que las palabras de verdad transforman el mundo real. Algunos dicen que no. No les creo. Lo puedo probar con muchas otras cosas. Pero esta es la forma más divertida.
Después de todo esto, tu cuerpo está transformado. ¿Es un poco escalofriante? Tenés mi bostezo ahora. Tenés mi cansancio ahora. Se va a quedar con vos por lo menos un ratito.
Igual no es mío, me lo contagió Guatepeor.
viernes, 1 de mayo de 2015
domingo, 23 de noviembre de 2014
Fuegos
Alguno dijo que tenían que hablar. Antes de que conversaran, él insistió en preparar la cena. Ella asintió.
El quemó: la sartén, las arvejas; el mango de la sartén, la cuchara de madera, la paciencia de ella, la posibilidad de una charla tranquila, su propia lengua, y el filtro del extractor.
Ella quemó, después, un cigarrillo hasta la colilla, la suela de su zapato, el bordecito de una cortina, el recuerdo de su primera salida, la última ramita que le quedaba medio prendida de algún amor.
Tamara
lunes, 17 de noviembre de 2014
Desde el hospital
Al medio día
barrí el patio, junté las hojas descoloridas de la alegría del hogar. Cargué agua
en el balde de 20 litros y llevando la fuerza desde abajo hacia arriba, desparrame el agua fresca.
El piso caliente
hizo ruido, parecía sediento, chupó rápido pensé. Accidentalmente se mojaron
mis ojotas. Hice dos pasos y me resbale, caí de culo. Grité y me mordí la lengua, que sangró, traté de levantarme
pero no pude. Se acercó el gato, me miró con desprecio y siguió. Lo seguía el
perro que lo estaba corriendo. Me lamió la cara, me llenó de baba y del grito
que di, alejó su lengua de mi cara porque se distrajo con un pajarito que pasó al
lado de mi cabeza.
Cuando logré
levantarme busqué un calmante, las llaves del auto y salí para el hospital. Otra
vez yendo para allá. Hace menos de veinte días fui por el dolor en los
brazos, ¿Qué van a creer? ¿Qué tengo mala suerte? ¿Qué me lastimo al propósito
para cobrar seguros? ¿Qué me falta alguien que me cuide?
Me encanta y
disfruto las visitas al hospital. Quizás tenga que ver con lo cómoda que me
siento en esos espacios amplios, donde valoro su arquitectura, los techos altos, las
paredes de cerámica azul con carteles de prevención de todo tipo. La cantidad
de personas en sillas de ruedas y otros tantos en muletas. El aroma del café
expreso en el aire y el humo del cigarrillo que entra desde el patio.
El hospital
está repleto, minado, lleno, no puede más de médicos hermosos. ¡Ay, cómo me
gustan! No puedo evitarlo quizás algo en el inconsciente me haga volver
siempre. Sueño con que, un doctor me sigue la mirada, me llama con las manos y
me da un beso. Así de sencillo, nada romántico. “El beso del médico”, mis
amigas no me creerían y yo tampoco. Todos huelen a perfume francés. Aproveche
cada visita al hospital para aprender de ellos.
Sus manos, ¡Oh,
sus manos! Son blancas con aspecto suave. La mayoría de ellos tiene alianza
pero como no recuerdo, cual es la derecha y cuál es la izquierda no sé si están
casados o comprometidos. Tampoco sé de qué lado va cada situación amorosa. No
me importa la mayoría de las veces.
Un enfermero
me llevó en sillas ruedas a la sala de rayos x. Me acostaron sobre ese
rectángulo de metal frío. Cada vez que apoyo mi cuerpo ahí pienso en la muerte.
Me movió de un lado al otro. Listo, gritó el técnico. Ellos no son lindos, no
tienen olor a nada, siempre están apurados y nunca vi sus manos, algo esconden.
Volví al
pasillo con vista al jardín, justo al lado de la cafetería. Me gusta esperar,
me acostumbré con los años, me adapte a todas las situaciones pero cuando se da
en un lugar así, me parece de película.
Eugenia Beck,
gritó alguien desde el consultorio 7. El enfermero se olvidó de mí y eso que le
había dado 5 pesos por buscarme un café, que me costó 10.
Tomé envión y con los
brazos miedosos emprendí la aventura. Estaba a unos veinte metros, podría
llegar o no. La gente me miraba, tenía la expresión de alguien que hacía y
tenía mucha fuerza. Solo la cara porque en realidad había hecho girar dos veces
las ruedas. Lo mío no son las sillas de ruedas, pensé. Con una motorizada sería
diferente. No me quise adelantarme al diagnóstico, todavía tenía unos metros
para llegar al consultorio. Pasó una chica de 15 años, con una coca le pedí
ayuda. Me dejó en la puerta justo cuando el doctor abría la puerta para gritar
de nuevo: Eugenia Beck.
Entré, le dije buenas tardes y me respondió con una sonrisa, que me dejó ver sus dientes. Su aliento a menta llegaba
hasta a mí.
Bajé la cabeza, le pedí el diagnostico. Respondió con expresión de
dolor: ¡Te fisuraste el huesito dulce!. Respondí
indignada: ¿Cómo huesito dulce? ¿Cómo usted qué es médico usa esa palabra? Él
sonrió, abrió grande la boca, el olor a menta en todo el maldito consultorio.
Exigí una respuesta, no lo conseguí.
Me quejé por el dolor, mi cuerpo estaba doblado. De repente sentí una mano tibia sobre mi
espalda. Levanté la cabeza y el doctor menta,
me estaba buscando la boca.
Berenice
domingo, 16 de noviembre de 2014
Dos por uno
Ramona se compró dos vestidos, casi iguales. Cortitos, de tela estampada, con encaje en el escote. Uno un poco era un poquito más feo.
Siempre usaba el que le gustaba menos, el otro era para una ocasión especial.
Lo usó para ir a cumpleaños y fiestas, después a reuniones con amigos, cuando ya estaba gastado, lo usaba hasta para ir al supermercado.
El que le gustaba más, se lo puso sólo una vez, fue a cenar con un señor, no la pasó ni bien ni mal.
El día especial, por supuesto, la agarró en ojotas y con remerita de modal.
Tamara
jueves, 13 de noviembre de 2014
Todos los galpones
¿Te
acordás la valijita esa de camping? El otro día la encontré.
Andá
a buscarla, está en el galponcito.
(ordena
una tía).
Un día de noviembre, da igual si hubiera sido de marzo (no daría igual de ser
diciembre o el mes de su cumpleaños), la señorita visita una casa. Más
específicamente visita el fondo de una casa, porque la casa ya la ha visitado
otras veces. En verdad el fondo también, frecuentemente, pero sólo ahora le
pone atención. Ignora las 73 veces que hubo en medio (no significaron nada) y
compara esta última, con una tardecita de algún año de entre 1994 y 1998, tarde
que pasó en ese mismo patio. A decir verdad, el de esa tardecita era el patio
de otra casa, pero los patios no pertenecen a las casas, sino a las familias
que los habitan, y ellos se habían ido desperdigando por la ciudad, llevándose
el fondo de la casa con ellos.
Busca la señorita
similitudes y diferencias en los patios.
La enamorada de los muros se desprendió por su
propio peso en lo alto y dejó un amplio espacio en el que se ve la pared
ayer-allá blanca ahora-acá de color gris hongo. Si se toca, se cae un pedazo.
Quizás la pared no existe. Es sólo polvo y raíz de enredadera esperando ser
desmoronado por la manito ahora mano que no se anima a tocarla, porque entiende
a su uña larga y pintada de violeta tornasol como una amenaza.
Tres girasoles de esmalte sintético, que estuvieron
alguna vez pintados y luminosos en la pared adyacente, ahora son un polvito
amarillo sobre el suelo, y sobre la violeta de los alpes.
La violeta hoy crece raquítica regada por el pis de
los caniches. Un día creció violenta, alimentada del pekinés que descansa abajo
de ella. Nadie vaya a recordar el trágico deceso de la primera mascota
familiar. Y nadie vaya a notar que un caniche es la única cosa que puede ser
más fea que un pekinés. Los perros, al final, son rasgos de época.
La calesita de colgar la ropa, en otro tiempo, fue el
peor pero más tentador de los escondites, porque esconderse atrás de las
sábanas te deja ver los pies, pero la sensación de envolverse en la sábana
enorme, húmeda, blanca y con olor a jabón no puede resignarse para esconderse
abajo de una mesa. La calesita sigue estando, pero ahora tiene cosas colgadas y
es un macetero vintage. El reciclaje es tal vez más feo que una cruza de
caniche y pequinés. Parece que todo lo que hubo no está más, o en todo caso
perdió su esencia.
Se abre la puerta, la tumba
el olor a galpón.
El olor a galpón golpea y tira al suelo a cualquier
alma distraída con la misma contundencia que lo haría una de las latas de
pintura rancia si el estante se venciera y se le cayera a la señorita encima, o
como si la escalera de doble hoja a la que siempre le quedó una sola perdiera
el equilibrio al ser rozada por un pié.
El olor del galpón es el mismo que el del otro
galpón, el de su casa, la que no puede visitar porque vive adentro, y por estar
tan cerca no puede notar como cambia. El olor del galpón es el único,
inconfundible, olor de todos los galpones de esa familia.
Recuerda
la señorita a todas sus abuelas.
El olor a todo lo que tiran, a todo lo que esconden,
a todo lo que ya no sirve y sobre todo a lo que se guarda porque algún día va a
volver a servir, porque les costó mucho esfuerzo, y en el fondo porque le
tienen cariño. Como un balde de la pintura verde agua con la que pintaron la
habitación de la señorita en 1996, o la rosa viejo con la que decoraron la de
su prima en 2002.
El olor del oxido de los cadáveres de las
sombrillas y las reposeras que los vieron odiarse amarse y gritarse en todas
las localidades de la costa atlántica y del más allá, del verano en Brasil en
el 98. El del set de pesca que ese año no usaron.
El olor al galpón es único e inconfundible y es sólo
de ellos. Les pertenece. Porque aunque fuera el mismo de todos los galpones de
todas las familias de todos los universos, aún así no lo sabrían, porque nadie
puede, nunca, meterse en un galpón que no le pertenezca. Si alguien entra al
galpón de otro, es porque ya se está metido en esa familia de cabeza, y los
restos de sus vacaciones y sus reformas y de manteles reutilizados en todas sus
fiestas de casamiento ya le pertenecen.
Curioso le parece a esa señorita que el olor del
galpón sea el mismo aunque lo que se entierra en él se acumule con descuido, y
que el resto del fondo, la pileta el parque la enamorada, hayan cambiado tanto
a pesar del esfuerzo y la constancia de que la apariencia continúe siempre
igual.
Piensa un ratito en la idea de que lo que no cambia
nunca es lo que se deja crecer, y en cambio lo que quiere conservarse se
desborda. Pero al rosal lo dejaron ser y se trepó a la medianera, se enamoró de
los perros y después se secó. Y al limonero, a ese lo cuidaron y tuvieron
éxito, esta igualito, o mejor que antes.
Vuelve triunfal la señorita
con la valijita que fue a buscar.
Vuelve con la sensación de que una caja de
herramientas oxidadas se le cayó en la cabeza, pero con una rara certeza de
refugio. De que en veinte años, haya sido lo que fuere, de la familia, de ella,
e incluso de esas casas, va a tener siempre a donde volver.
Porque hay cosas que cambian y cosas que no cambian
y no hay ningún tipo de lógica que permita predecirlas, pero el galpón de la
familia permanece: así sea que se lo lleve en una caja a algún extremo de Asia
al que se vaya a vivir cortando todo lazo, el galpón se las va a ingeniar para
instalarse en cualquier cosa a la que ella decida llamar casa, así como se
instaló en el fondo de la casa nueva que construyó la tía. Así funciona. Uno se
lleva un fragmento de la vida de la familia, que puede ser la valijita que la
mandaron a buscar y ahora va a llevarse, esa será su piedra
fundacional.
Todo lo que descarte y lo que acumule de su vida y
de las que se entrecrucen con la suya va a tomar, tarde o temprano, el mismo
olor a familia, el olor a todo lo suyo y a todo lo heredado. A lo amado y a lo
odiado. A lo que quiere guardarse y a lo que quiere olvidarse, que termina
siendo lo mismo y que convive en el mismo lugar.
En cualquier lugar que ose llamar casa, alguna
habitación o al menos un armario se las va a ingeniar para ser el galponcito,
el mismo que estuvo en su casa de la infancia, en la casa de su tía, que estará
en la de su hermano, que habrá estado en la de la bisabuela, que habrá venido
de Italia y que seguramente, por más que lo intente, por más que cambie todo
hábito y que limpie y se mude y ordene, no se va a extinguir con ella.
Quedate
vos la valijita, lindo recuerdo
(sentencia
la tía).
Tamara
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Caramelos ácidos
¿Quién te guiona la vida? Ayer me pareció que la mía era un mamarracho, que la habían escrito borrachos Capusotto y el Raví Shankar.
—El Raví no puede beber. — me corrige el libro de Historia que tengo entre las manos. Se pone serio y me da un sermón, y después se abre en una página que habla de batallas perdidas y me dice que la tengo que leer.
—Más allá de que mañana tengas exámen, la batalla de Cepeda la debería entender cualquiera — Me comenta el resaltador.
Desde anteayer que charlo con ellos.
Desde que vi en Internet su foto mostrando un nuevo amor.
— Si esta fuera otra época no te habrías enterado — Acota el cable de un cargador de teléfono que estaba sobre la mesa.
— Eso es cierto, le contesto. La hubiera amado en secreto un rato más, pensando que volvería, y hubiera sido peor la caída.
— Cuando la vecina de la esquina te contara que se casó, y te mostrara la invitación de la boda — Me dice una lapicera que se asoma de entre el espiral de un anotador que la tiene atrapada.
—¿Estar atada a él no te ahoga? — Le pregunto yo. Porque me están cansando con tanto interrogatorio.
—A veces molesta, pero qué sería de la vida de una lapicera sola.
—Escribirías sin importar donde.
—Hasta que me prestaran a cualquiera, me olviden y me tiren en un cajón.
Miro de reojo a la pantalla de la computadora. Todavía, en una pestaña, tengo su Facebook abierto. La pantalla parpadea, como si me hiciera ojitos, y no dice nada. La odio.
—La abriste vos solito. — Me dice el libro.
—¿Qué va a hacer la pobre? ¿Reiniciarse sóla para que no te enteres que sos tan gil? — Cancherea el cable del cargador.
—Confiá en mi, que he visto cosas peores. — Me insiste la birome. — Las cartas tristes que escribía mi abuela no tienen nada que ver con estos desamores de whatsapp.
El libro arranca otro sermón y ya casi me parece mejor terminar de leer cómo se conformó el estado argentino que seguir escuchándolos. Arriba de la mesa quedan un par de objetos que todavía no dijeron nada.
Hay un puñado de caramelos, los miro y me miran, brillantes, sin decir palabra. Uno de uva me mira intenso, como diciéndome "yo te lo advertí". Lo dejo adentro del libro marcando un segundo la página, mientras me voy a servir un vaso de agua. Cuando vuelvo, me marca un renglón. Dice algo de que "Buenos Aires, derrotada, se reintegra a la confederación". ¿Y yo derrotado a donde volveré?
Ese caramelo, que se acuerda quién vivía a la vuelta del quiosco donde lo compré, sabe la respuesta. Me mira como diciéndome que no lo haga de nuevo.
Y después me lo como.
Tamara
lunes, 27 de octubre de 2014
Mancha blanca
"En el fondo estamos solos en un desierto de gente, pero hay que ser muy valiente, apretar los dientes a la soledad"
Le
cuesta escribir “Feliz cumple Lauri” y se limita sentir. Cada año vuelve a lo
mismo. Saludar al hijo de su hermano suicida es doloroso, mira los ojos del
pibe y quiere llorar. Aguanta con un nudo que le sostiene el llanto. Su hija le
besa la frente. Parece que él quiere decir algo, pero abre la boca y renuncia.
El
perro le pide atención, quiere jugar. Él camina a su habitación y lo corre del camino.
La
casa que esta llena de personas y recuerdos. En su cabeza seguro guarda más y
en su corazón también debe tener como un álbum de fotografías con ruidos que le
recuerdan la risa de su hermano.
No
entiende cómo pasó. Recordó que hubo dos avisos, hasta que la valentía le ganó y
finalmente sucedió. Fue en el “Día del Amigo”, no dejó carta pero si un mensaje.
Piensa
en el Monumental, en la camiseta de River Plate y cómo le quedaba. Lamenta que
no estuvo llorando a su lado, cuando se fueron al descenso ese domingo de Junio
del 2011.
Laureano seguro pensó en su papá, dijo en voz alta en la habitación fresca y blanca.
Se
tocó el pecho porque sintió un apretón. Era la angustia que estaba pidiendo
salir pero él seguía fuerte, como los hinchas que bancaron al equipo en todo el
viaje en la B Nacional mientras los de Boca le cantaban “RiBer decime que se
siente”.
Mañana
cuando se levante para ir a trabajar y vaya camino a la estación de tren espiará de lejos, la casa
de su hermano, que muchas veces mira sin mirar.
En
una de las paredes de la casa, hoy alquilada a una familia desconocida, hay una mancha blanca que hizo él mismo. Debajo
de la pintura había un mensaje de su hermano, qué escribió meses antes de
morir. A veces no sabe si siente culpa de haberlo hecho o todo lo contrario,
pero sobrevive. Y si uno le pregunta finge no recordar que decía.
Quizás
esa mancha sea la voz que ya no está y que le dice “Prometeme que vas a cuidar
a mi hijo, si me llega a pasar algo”.
Berenice
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jueves, 23 de octubre de 2014
Perspectivas
—Cada vez que hablás de ella, hablás diferente— me dice casi sin quererlo.
—Fueron muchos años—contesto.
Después apoyo el vaso
de whiskey caliente sobre la mesa del jardín de invierno y me pierdo en el horizonte que me regala la
ventana —de horizontes siempre enmarcados—. En el edificio del frente, una chica de ojos tristes me devuelve la
mirada, y desde alguna habitación oculta y lejana, alcanza a ver toda mi vida
[desde el otro
lado].
miércoles, 22 de octubre de 2014
Rio Quilpo
"Este es el fin/hermoso amigo/este es el fin/mi único amigo, el fin/de nuestros elaborados planes, el fin/de todo lo que permanece, el fin/sin seguridad o sorpresa, el fin/nunca miraré en tus ojos...otra vez"
Primera
noche de calor. Los grillos cantan, respetan un tiempo en el que suenan todos
juntos, después sigue uno, para otro. Retoman el canto y así.
Hace
dos noches que no salgo de mi habitación, igual que ellos en la noche vivo. ¿Y
durante el día que pasa conmigo? Es difícil saberlo. Algunos dicen que salgo de
acá, otros que hace rato no me ven.
El
año pasado a esta altura se acercó Julián. Lo recuerdo por el tipo de calor en la noche y por como el día, parecía
post navidad o año nuevo. Me había traído tarta de limón. Estuvimos en el parque
charlando y me contó que la novia estaba embarazada. Yo me había puesto contenta,
lo abracé y felicité. Ellos habían perdido un bebé cuando recién empezaron a
salir y me parecía justo que tuvieran otra oportunidad.
Fuimos
novios en la secundaria. Salimos poco tiempo, éramos chicos y no sabíamos nada.
Julián siempre fue el más lindo en todos lados. Tenía el pelo algo largo y un
poco desprolijo, barba y una sonrisa que dejaba en el camino a cualquiera. Yo
era alta, tenía el pelo largo, usaba muchos vestidos floreados y con bastante
vuelo. Me gustaba girar sobre un punto y hacerlo hasta marearme para terminar
en el piso. Los dos usábamos perfume francés.
Su madre y mi padre eran amigos de la
infancia, nosotros creímos siempre, que entre ellos hubo o había algo. Una
historia de amor no podía ser, jugábamos, pero nunca averiguamos bien. En el
fondo no queríamos enterarnos porque si así era no podríamos estar juntos. No
era lo más conveniente por eso decidimos no saber de más.
Julián
siguió dándome buenas noticias. Hablaba de muchas cosas mientras yo comía la
tercera porción de tarta. Me dijo que compró una casita en un pueblo; San
Marcos Sierra en la provincia de Córdoba. Habíamos viajado una vez allá juntos,
cuando éramos novios. La casa estaba a pocos kilómetros del Rio Quilpo. Él
tenía una 4x4, imagino que con ella por allí no tendría problemas para ir y
venir del pueblo al río que estaba algo lejos.
En
el Quilpo, pasamos nuestras primeras y últimas vacaciones. Estuvimos cinco días
al lado del rio, sin nada. Al principio estábamos emocionados, me acuerdo que
una noche, me desperté, salí de la carpa y vi tanta luz que me asusté. Me
preguntaba cómo podría estar todo iluminado si no teníamos electricidad. Cuando
levanté la cabeza, miré al cielo y vi todo el universo. Nada más imposible que
describir ese cielo, que no era solo nubes, se veían las manchas de la vía
láctea, las estrellas que ardían y parecía que se peleaban entre sí para ver
quién brillaba más. La luna era inmensa. Abrí la boca y grite: ¡¡¡Julián, vení
rápido, dale!!!!
Salió
rápido de la carpa, pensó qué me había picado algún bicho, cuando vio que yo
estaba bien, dejó pasar un suspiro y se quedó boquiabierto. Él entendió rápido
que toda esa luz en el medio de los árboles y la tierra, venía del mismo cielo
que hace unas horas atrás solo fue celeste y naranja.
Nos
abrazamos con fuerza, lloramos de alegría. Nadie podría ver y sentir todo lo
que vivimos con la mejor de las imaginaciones. Aunque quizás ya lo habían vivido
otros. Para nosotros, que éramos unos pibes de ciudad, fue aplastante.
Esa
noche hicimos el amor bajo ese cielo. No quisimos perdernos nada de todo lo que
podría ocurrir allí. Amanecimos viendo como la luna desaparecía entre las
sierras.
Le
recordé a Julián esa noche. Me abrazó y me dijo al oído que eso fue hermoso. Que
agradecía haberlo compartido conmigo. Sentí en su abrazo, algo de lastima por
mi.
Dejé
pasar mis sensaciones y le pregunté si iban a esperar que naciera el bebé para
instalarse allá. Me dijo que, querían que naciera en tierra cordobesa. Acá en la
ciudad no tenían más familia, se habían muerto todos. Solo estás vos, me dijo.
Estaba cansado del ruido, la gente y el asfalto.
Le
respondí con una sonrisa; estaba bien que se fuera. Todos se van de acá para
allá, la gente está inquieta. No saben lo que quieren en verdad. Una chica de
acá me dijo hace unos meses, que también se quería ir al campo pero no tenía
con quien, me había invitado pero no acepte. Ni loca, voy con ella a ningún
lado y menos al campo, y si me llegara a pasar algo, ¿para dónde corro?
Julián
no había probado la tarta, solo hablo de él, cada tanto me daba me tomaba la
mano, se había ido sin probar bocado. Me prometió volver antes de irse. Le dije
que esperaría con ganas su próxima visita.
Cuando
viene, siento un montón de cosas. Y cuando se va no. Me acostumbré con el
tiempo.
Al principio, lloraba como cuando mi mamá me
dejaba en casa de mis abuelos a las 5am. Ella me sacaba dormida de la cama y
entre frazadas me llevaba en brazos a la casa de ellos. En cuanto me acomodaba
en la cama de mi tía, yo me despertaba llorando
a los gritos desconsoladamente pidiéndole que no me abandonara. Esas palabras me
acompañaron toda la vida. Aunque hoy las recuerdo menos que ayer.
Aprendí
a disfrutar más las bienvenidas que las despedidas, a soltarlas rápido para no
extrañar.
La
de al lado, otra vez grita. Me levanto y golpeo la pared, pidiéndole un poco de
calma. No para y yo no me puedo poner nerviosa a esta altura. Vuelvo a
concentrarme en el cantar de los grillos, siguen ahí. Me pregunto si no podrán
ser ranas o sapos, los que acompañen a la orquesta.
Hace
seis años que los insectos son mi compañía. Hasta con las cucarachas entable
una relación.
Cuando
llegué, los primeros días dormí bien; el cansancio fue responsable. Después desapareció y empecé con problemas de
insomnio. La primera noche fue dura y en cuanto logré cerrar los ojos más de
treinta segundos sin miedo y con sueño, sentí un pinchazo en la panza. Me moví
de un lado a otro de la cama, hice mucho ruido. Tenía una cucaracha picándome
la carne.
La
corrí rápido, cayó al piso del lado que no hay pared, me acerqué y la mate. Le
pegué muchas veces, le dije cosas horribles, insistí hasta que la vi y ya
estaba destrozada, toda rota y seca. No sé cuánto tiempo estuve haciendo eso,
supongo que bastante.
Por
los ruidos se acercaron las enfermeras, me sacaron de la mano izquierda, la
zapatilla con la que maté a la cucaracha. Me contuvieron, estaba muy nerviosa y
asustada por mi comportamiento. Hace bastante que no reaccionaba así y menos
con un bicho.
Nunca
antes había matado a un insecto. Mamá siempre dijo que nunca lo hiciera, porque
ellas tampoco me quitarían la vida, si pudieran. ¿Cómo iba a sacarles la vida?
Crecí
sin quitarle la vida a nada, mientras mis amigas si lo hacían. Carla tenía una
obsesión con las hormigas. Pasaba toda la tarde después del colegio en el
patio, tirada en el pasto viendo el comportamiento de ellas. Se acostaba boca
abajo y las aplastaba con el dedo índice de la mano derecha. Una vez hablamos y
le pregunté porque lo hacía. Me respondió que no sabía porque solo le gustaba
el poder. Saber que podía hacerlo y solo lo hacía.
Pasó
un año. Julián no volvió de la última vez, supongo que se olvidó de visitar a
la única persona que le quedaba en la ciudad. No lo culpo…
Imagino
que el bebe debe tener unos meses, casi un año. No recuerdo bien las fechas,
siempre fui así. Pienso en él, en su bienvenida…me alegra que esté allá, ojalá
crezca sin la necesidad de que sus padres lo dejen desde temprano en casa de
sus abuelos, llorando y pidiendo no estar ahí. Me tranquiliza que cuando sea un
poco más grande, tenga el Rio Quilpo cerca para vivir sus propias aventuras y
ver por si mismo, el mismo cielo que alguna vez, hizo muy feliz a muchas
personas, una de ellas, yo.
Berenice
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jueves, 16 de octubre de 2014
Primera cena
Aurelia se sentó a cenar con uno de los espíritus que viven en su mansión. No les tiene miedo, los conoce desde que era joven. Preparó la mesa, la vistió con un mantel de encaje blanco y puso en el centro un copón con jazmines. Sirvió dos copas de vino, a sus espíritus les gusta beber, y puso dos platos y juegos de cubiertos, pero sólo el suyo llenó con comida, los espíritus no comen.
Conversaron de lo lindos que se estaban poniendo los rosales en el jardín; de que Julieta, la única sobrina que a veces los visitaba, no había vuelto más desde aquella vez que se asustó de la presencia de los espectros en la habitación; y de almas en pena que apagan los faroles de las calles en verano.
Cuando se terminó el vino, Aurelia se despidió del espíritu y le prometió preparar otra cena dentro de poco. Pero en vez de desvanecerse o filtrarse por una rendija entre las maderas del suelo, como solía hacer, el espectro se quedó mirandola a los ojos. Y le brillaban. No tenían la transparencia indiferente de otras visitas, sino una nueva materialidad.
— Ay, no vas a decirme que después de tanto tiempo, te estás volviendo real.
— Real ya soy, Aurelia. Lo que no estoy es vivo. — Le respondió el espectro, y para su sorpresa le rozó el brazo con el dorso de los dedos, y ella lo pudo sentir.
— ¿En qué te estás convirtiendo? ¿Qué es lo que te está pasando?
— A mi nada, Aurelia.... Julieta no dejó de venir porque la hayamos asustado.
Si Julieta había dejado de ir, era porque no quedaba en esa casa nadie vivo para visitar.
Tamara
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